Artículo de la Coordinadora Estatal de ONGDS
Entrevista a Eunice Adhiambo Odero fundadora y coordinadora de Msamaria Women Group, una ONG en Kenia que acompaña a supervivientes de violencia sexual y de género
En el centro de todo, desde donde tiene que nacer cualquier iniciativa, deben y tienen que estar las supervivientes. Aquellas personas que han tenido que enfrentar una violencia sexual y de género, que además de sufrir sus secuelas, han sido estigmatizadas. Desde la empatía de alguien que lo ha vivido en primera persona, Eunice Adhiambo Odero se convirtió en una defensora incansable que acompaña, a día de hoy, a mujeres y niñas que, como ella, han pasado por ese trance. Ese fue el origen de la organización Msamaria Women Group. Una ONG creada en Kenia, y que trabaja desde el 2022 con la ONGD SED, por la promoción de derechos sexuales y una vida libre de violencias en comunidades de Mbita, Homa Bay, Kenia. A través de una educación integral en sexualidad y educación transformadora de género, se fortalece el empoderamiento, activismo, participación y liderazgo de niñas, adolescentes y mujeres. El objetivo no es solo informar sobre los derechos que tienen ante una agresión, sino también proporcionar la atención y protección holística que necesitan las víctimas de violencia de género y sexual .
P. Desde tu experiencia en Msamaria Women Group (MWG), ¿cómo describirías las principales formas de violencia que enfrentan las niñas, adolescentes y mujeres en las comunidades donde trabajáis? ¿Y qué cambios habéis observado en el ámbito de los derechos sexuales y reproductivos?
R. La violencia de género es muy común entre las familias y comunidades que viven en la región del Lago Victoria, en Kenia. Los estudios de caso y los grupos focales realizados por MWG muestran que la violencia sexual y de género es la forma más extendida de violencia contra mujeres y niñas, y se manifiesta en múltiples expresiones: sexual, física, psicológica y socioeconómica. También incluye prácticas nocivas como el matrimonio infantil y el acoso sexual.
Nuestro trabajo con supervivientes de violencia ha creado un espacio para compartir conocimientos y generar apoyo mutuo. Además, hemos formado a actores clave —policía, líderes comunitarios, personal sanitario comunitario, docentes y jefes de hogar (hombres)— en las leyes destinadas a combatir la violencia de género. Se han producido avances importantes en los marcos legales, como la creación de Puntos de Género en todas las comisarías y hospitales para agilizar la denuncia y derivación de casos. Sin embargo, el progreso en derechos sexuales y reproductivos sigue limitado por la débil implementación, las normas sociales y la falta de información y recursos.
P. ¿Qué estrategias utilizáis para asegurar la participación activa de niñas y adolescentes en la promoción de sus derechos? ¿Qué cambios observáis en su autoestima, liderazgo y capacidad de toma de decisiones?
R. Para fomentar la participación activa de niñas y adolescentes, trabajamos con sensibilización comunitaria, redes de apoyo entre pares y espacios seguros donde puedan expresarse y asumir responsabilidades. Los clubes escolares de salud y derechos sexuales y reproductivos —creados con apoyo del Principado de Asturias y la ONGD SED— son clave: allí reciben información sobre autonomía corporal, salud menstrual, derechos y cuidado personal, además de contar con acompañamiento entre compañeras y oportunidades de liderazgo.
Muchas jóvenes sienten miedo a ser juzgadas si buscan información o servicios, y en muchas familias las decisiones sobre salud reproductiva siguen en manos de hombres o líderes comunitarios.
Estos espacios han generado cambios muy visibles. Las niñas muestran mayor autoestima, se expresan con más seguridad y participan de forma más activa en su entorno. También asumen roles de liderazgo dentro de sus escuelas y comunidades, acompañan a otras chicas y toman decisiones con mayor autonomía sobre su salud, educación y proyectos de vida.
P. Vuestra labor aborda cuestiones que a menudo encuentran resistencia cultural, religiosa o social. ¿Qué tipo de resistencias encontráis y cómo las abordáis desde un enfoque respetuoso pero firme en la defensa de los derechos de las mujeres?
R. Desde 2011, MWG trabaja con mujeres de base para fortalecer sus capacidades y crear espacios de empoderamiento. Hemos comprobado que la resistencia suele provenir de normas patriarcales arraigadas, la idea de que los “derechos de los hombres” prevalecen sobre los derechos de las mujeres, y el temor a que la igualdad de género amenace la identidad cultural o religiosa.
El progreso en derechos sexuales y reproductivos sigue limitado por la débil implementación, las normas sociales y la falta de información y recursos.
Para afrontarlo, es necesario equilibrar el diálogo respetuoso con una defensa firme de los derechos humanos. También hemos aprendido que superar la desigualdad requiere la participación de toda la comunidad, incluidos los hombres. Por ello, promovemos conversaciones sobre masculinidades dañinas y los beneficios de la igualdad para toda la sociedad, mediante encuentros semanales llamados “Involucrar a hombres y niños como aliados contra la violencia sexual y de género”.
Nuestra estrategia incluye colaborar con estructuras formales e informales a nivel comunitario y apoyar a activistas y grupos locales que impulsan cambios desde dentro de sus culturas. Además, el equipo de MWG está formado en escucha activa y resolución de conflictos, fomentando un diálogo inclusivo en espacios neutrales. Este enfoque genera confianza y legitimidad.
P. ¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta Msamaria Women Group para garantizar que los servicios e información sobre salud sexual y reproductiva lleguen a toda la población, especialmente a la juventud y a quienes viven en situaciones de mayor vulnerabilidad?
R. Garantizar el acceso a la salud sexual y reproductiva sigue siendo un reto debido al estigma asociado a solicitar servicios de salud sexual y reproductiva (especialmente para jóvenes y personas no casadas), las normas patriarcales y el peso de prácticas tradicionales como el matrimonio temprano.
Muchas jóvenes sienten miedo a ser juzgadas si buscan información o servicios, y en muchas familias las decisiones sobre salud reproductiva siguen en manos de hombres o líderes comunitarios.
Promovemos conversaciones sobre masculinidades dañinas y los beneficios de la igualdad para toda la sociedad, mediante encuentros semanales llamados “Involucrar a hombres y niños como aliados contra la violencia sexual y de género”.
A esto se suman dificultades estructurales: falta de diálogo familiar sobre sexualidad, mitos sobre anticoncepción, largas distancias hasta los centros de salud, y servicios que no garantizan privacidad ni están adaptados a la juventud. También influyen la escasez de recursos, personal sanitario limitado y, a veces, actitudes discriminatorias. Sin suficiente apoyo político y social, organizaciones como Msamaria Women Group deben esforzarse para superar estas barreras y llegar a las comunidades más vulnerables.
P. Prevenir la violencia de género también requiere involucrar a niños, adolescentes y hombres. ¿Cómo trabajáis con ellos para cuestionar las normas patriarcales y promover relaciones basadas en el respeto y la igualdad?
R. MWG trabaja con hombres y niños mediante formación en roles de género y enfoques que les ayudan a cuestionar las normas patriarcales y adoptar modelos de convivencia basados en el respeto y la igualdad.
Ofrecemos mentoría adaptada a la edad y al contexto, involucrando a líderes comunitarios, ancianos y referentes masculinos para que promuevan la igualdad y la no violencia. También desarrollamos educación entre pares, formando a hombres y niños como agentes de cambio dentro de sus círculos sociales, generando conversaciones sobre respeto, consentimiento y relaciones sanas. Además, enseñamos cómo intervenir de manera segura ante comentarios, comportamientos o situaciones que puedan derivar en violencia.
P. ¿Qué mensaje te gustaría compartir en el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres?
R. El mensaje principal es que la violencia contra mujeres y niñas es una violación generalizada de los derechos humanos y exige una acción colectiva urgente: responsabilizar a los agresores, apoyar a las supervivientes y construir un futuro en el que todas las mujeres y niñas puedan vivir libres de violencia.


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